Mi voz

A paso lento caminábamos mi abuela, mi hermana y yo. El trayecto de mi casa hacia la escuela era corto, pero no se libraba de  las piedras y tierra que caracterizaba las calles de aquel tiempo. De vez en cuando nos encontrábamos un pastor con sus borregos o un jinete en su caballo que se dirigía a la milpa. A mí, en lo particular, me gustaba más ver a los borreguitos, que corrían detrás de su madre, mientras el pastor los arreaba.

Mi abuela solía tomarme de la mano con gran fuerza, yo no me quejaba, me sentía protegida. En la otra mano llevaba a mi hermana, que a regañadientes caminaba  y entre varios pasos intentaba tocarme las mejillas, evadiendo los piés de mi abuela. Yo, como de costumbre, no le prestaba mucha atención, estaba distraída buscando borreguitos o piedras deformes. Si bien el camino era corto, yo lo disfrutaba enormemente.

Aquella  mañana de 1991 llegamos temprano a la escuela, parece que mi abuela tenía que regresar rápido a casa. No había muchos niños en el patio. Con cuidados escrupulosos mi guardiana me dejó en manos de la maestra  Conchita, recuerdo muy bien su nombre, me gustaba escucharlo, era muy dulce. Después de eso mi hermana corrió a jugar con otros niños en el columpio. La maestra bajó su mirada hacia mí, yo la miré con angustia, pero ella con una sonrisa me dijo – Ve a jugar Melani-. Yo la miré con más inquietud que anteriormente, tambaleante me solté de su mano y busqué a mi hermana entre los niños.

Era la primera vez que me acercaba a esos juegos, la mayoría de las veces llegábamos justo a tiempo a la escuela, así que no había necesidad de perder tiempo para entrar a clases. Los niños me miraron con disgusto, pero pronto dejaron de prestarme atención y siguieron en sus juegos. Mi hermana era muy sociable, no tenía miedo de tirarse de la resbaladilla, los niños la vitoreaban. No pude acercarme a ella, me alejé al rincón más apartado. Tardaron cinco minutos en tocar el timbre para entrar a clases, pero para mí fueron cinco siglos. Cuando escuché aquel sonido fue una gran emoción, corrí hacia mi salón, tomé mi libro de cuentos y me senté en mi silla habitual.

Los niños entraron corriendo, riendo y saltando. Yo me sentía protegida en mi asiento y rodeada de mis amigos preferidos: Caperucita roja, la sirenita, pinocho, el gato con botas, en fin. De reojo miraba a mis compañeros, pero ya no me daban miedo. La maestra Conchita impartió su clase y, a diferencia de la experiencia anterior, el tiempo pasó como azúcar en mi boca. Y así fue, el tiempo de la clase se acortó, la maestra nos dejó salir a jugar antes de que llegaran por nosotros. A mí no me dejó permanecer en el salón, insistía mucho en que jugara con mis compañeros, pero yo sufría.

Corrí hacia la salida y recargué mis mejillas sobre la reja,  escuché unos pasos en mi espalda, pero por temor ni quise voltear. Mi maestra Conchita me tocó la cabeza, volteé rápidamente y la miré con curiosidad, ella me abrazó y tomó mi mano. Caminamos juntas hacia el salón.

-No quiero forzarte Melani, pero me gustaría que jugaras más con tus compañeros, no son malos, son sólo niños como tú-  Miré a mi maestra y agaché la cabeza. Mi timidez no me dejaba siquiera contestarle. Justo antes de que pudiera emitir alguna palabra unos gritos se escucharon en el exterior, unos niños se pelearon. La maestra Conchita salio de sobresalto y yo me quedé sola en aquel salón.

Tuve el suficiente tiempo para pensar y caminar alrededor de mi salón, estaba lleno de libros, tomé uno nuevo y lo hojee. Comencé a leer con voz baja y poco a poco aumenté el volumen de mi voz, buscaba dar la entonación adecuada y trataba de darle vida a cada uno de los personajes de ese cuento. Estaba sola, pero no me sentía así. Terminé las dos primeras hojas y salí. Mi abuela estaba en la entrada buscándome, mi hermana ya estaba a su lado. Sonreí y caminé con una gran emoción.

Los acontecimientos que pasaron aquel día pueden parecer insignificantes ante los ojos de cualquier  espectador, pero para mí fueron la guía de lo que disfrutaría hacer por mucho tiempo. Leer y hacer que personajes vivan en mi voz, es ya no estar sola.

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