El cielo

Puede ser que ya no nos demos cuenta, que estemos embebidos por completo en nuestras rutinas, deberes y actividades y que sigamos queriendo que el mundo se adapte a nosotros y al desenfreno de nuestro progreso. Las noches no son realmente noches cuando en el cielo es imposible distinguir aunque sea una estrella que parpadea o más aún, cuando salimos a la calle sin preguntarnos si esos astros seguirán allí, vigilando nuestro sueño. Luces artificiales, neones pegados en las paredes, espectaculares… Todo el portento del progreso, que en realidad no existiría sin su motor invisible: la energía.

            En nuestros días, la batalla del dominio geopolítico y de las crisis sociales, que desatan hambruna, se vuelcan cada vez más hacia la energía, hacia el uso y el dominio de los recursos que se emplean para generarla; pero ahora, como en ningún otro tiempo, la civilización se enfrenta a la disyuntiva de seguir el camino bajo los mismos principios por los cuales ha llegado a obtener el progreso o modificar sus métodos para encontrar el equilibrio entre el orden natural del mundo y nuestra propia forma de vida, que a todas luces no volverá a ser igual que hace tres mil años.

            Poco a poco, pero especialmente en los últimos doscientos años, la forma de vida humana ha cambiado, y de todos los que conocemos el progreso que hemos alcanzado como civilización global, dudo que haya un sólo individuo que quiera renunciar a los beneficios alcanzados. La evolución nos marca el precepto de adaptarnos a las circunstancias actuales del planeta o morir debido a la generación de energía que nuestra forma de vida demanda, o más bien, tenemos que adaptar nuestros métodos de generación de energía para hacerlos compatibles con nuestro entorno, un ecosistema frágil que, en un lenguaje extraño, nos indica todos los días que debemos cambiar nuestra mentalidad progresista industrial por una mentalidad abierta a algo que sólo se me ocurre llamar ecoprogreso.

            Pero la tecnología no es lo único que debemos adaptar a nuestro entorno. Como individuos, debemos acostumbrarnos a optimizar los recursos que cada día tenemos en nuestras manos, como el empleo del agua, la luz, la reutilización de materiales o envases que estén en condiciones ideales para tener una segunda función, la separación de la basura en elementos orgánicos, inorgánicos y reciclables. También, desde la ciudadanía, debemos ejercer acciones que ayuden a la recuperación de los entornos verdes que en el pasado nos rodearon. Podemos empezar por algo muy simple, apagar la luz cuando no la necesitamos.

            Hace un par de años, tal vez menos, el gobierno de la ciudad de México cambió las leyes sobre el manejo de la basura. En la nueva estipulación se marcaba la obligatoriedad de separar la basura en elementos orgánicos e inorgánicos. Las disposiciones se anunciaron en carteles por toda la ciudad y en volantes que se repartieron en todos los domicilios. El mes pasado alguien me comentó que no separaba la basura porque nadie en la unidad donde vive la separa. Esta razón que lo justifica en realidad es sólo un pretexto por medio del cual él deja de preocuparse por algo que debería hacer en su casa porque le resulta más sencillo depositar todos sus desechos en una sola bolsa de basura.

            Volvamos entonces al tema de la generación de energía. El año pasado trabajé cuidando ediciones de libros. En uno de los libros que me tocó revisar encontré un dato que decía que una fuente limpia de energía es la electricidad… verdad a medias, porque su relativa limpieza dependerá de los métodos que se utilicen para producirla. Hasta la fecha, la mayor parte de la producción de electricidad depende en gran medida de la quema de sustancias como petróleo, carbón o gas; en algunos lugares se obtiene a partir de la quema de madera (algo notoriamente ecocida). Para que la producción de electricidad llegue a ser completamente limpia aún falta tiempo y mejoras tecnológicas en el sentido de que los molinos de viento y los paneles solares sean cada día más eficaces.

            Finalmente, empezamos un ciclo de la historia en el que la humanidad tiene que adaptarse nuevamente a la naturaleza porque su dominio y su control sobre ella son, a fin de cuentas, relativos. La humanidad en su conjunto es adaptable, pero la velocidad con la que se adapte a las nuevas características del entorno dependerá de la voluntad de cada uno de sus individuos. Ya sea separando la basura, apagando la luz o utilizando los servicios públicos de transporte. ¿Estás dispuesto a comenzar?

 León Pérez

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